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Para permanecer en Cristo debemos ser uno con él, y que así como él vive en nuestro corazón, nuestro corazón debe vivir en Cristo. Así es como obtendremos la total plenitud de Dios y los frutos de dicha plenitud. Sin embargo los frutos de la plenitud no se dan por sí mismos, ni por cosas que nosotros hagamos; sino que sólo brotan cuando permanecemos en Cristo así como el pámpano que permanece unido a la vid y lleva fruto. Cuando permanecemos en Jesús nuestra realidad cobra otra perspectiva, de tal forma que todas las promesas se vuelven sí y amén, es unidos a Cristo que podemos todas las cosas porque permanecemos como uno mismo. Unidos a él. Y para permanecer en él es necesario que echemos mano de su amor, el amor de Cristo que sobrepasa todo entendimiento, que no tiene límites hacia lo alto o lo bajo, ni lo profundo sino que está más allá de toda espacialidad y temporalidad porque es eterno. Nosotros estamos llamados a permanecer en Cristo, a permanecer en su amor para que todas sus promesas sean cumplidas en nosotros, para que la plenitud divina y sus frutos sean permanentes en nuestras vidas y podamos llevarlos a todos y en todo tiempo. Cristo es quien lo llena todo en todo, es de él de quien tomamos gracia sobre gracia, él es la plenitud, él es el perfecto amor. |
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