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Soy ciudad del Espíritu Santo

Posted on Ago 7, 2016 by in Conferencias Online, Conferencias-2016

Éste domingo 7 de agosto de 2016 en Aviva México asistimos a una cita especial. De forma presencial y a través de los diferentes medios electrónicos, recibimos a través de la Palabra de Dios, que ésta ocasión nos trajo el Coach Antonio Fonseca, una nueva revelación, guardada para todos aquellos que tenemos hambre por la Palabra y que buscamos que ésta sea el sustento de nuestras vidas.

El mensaje inició en el libro de Deuteronomio, casi al final del libro, en un pasaje muy significativo justo cuando Moisés se despide del pueblo de Israel y habla bendición sobre cada una de las doce tribus: “A Neftalí dijo: Neftalí, saciado de favores, y lleno de la bendición de Jehová, posee el occidente y el sur.” (Deuteronomio 33:23).

Neftalí, el sexto de los doce hermanos, un hombre que no es tan mencionado entre los hijos de Jacob como José, Benjamín o Judá; una tribu que no es tan mencionada o reconocida como las tribus del mismo Judá o de Leví que fueron llamados al gobierno y al sacerdocio. Pero a éste hombre y a la tribu que formaría se le profetizó que serían saciados y llenos.

Saciados, aquella palabra cuya definición nos enseña que consiste en hacer que alguien vea cumplidos o resueltos sus deseos. Llenos de la bendición de Dios, la bendición de Dios que incluye todas las bendiciones, no un cúmulo de bendiciones o algunas bendiciones, LA bendición.

Años después, a través del profeta Isaías, Dios hablaría esto de la tribu de Neftalí:

“Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos. Multiplicaste la gente, y aumentaste la alegría. Se alegrarán delante de ti como se alegran en la siega, como se gozan cuando reparten despojos. Porque tú quebraste su pesado yugo, y la vara de su hombro, y el cetro de su opresor, como en el día de Madián. Porque todo calzado que lleva el guerrero en el tumulto de la batalla, y todo manto revolcado en sangre, serán quemados, pasto del fuego. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” (Isaías 9:1 – 7)

Esa profecía, se vería cumplida todavía años más adelante en la persona misma de Jesús, el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios cuando durante su estancia en nuestro planeta dejó la ciudad donde creció, Nazaret para ir a vivir a Capernaum, una ciudad en el territorio de la antigua tribu de Neftalí. “Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías.” (Mateo 4:12 – 14).

Capernaum era un centro comercial pesquero y de agricultura, también de prensas de aceite; su nombre significa “ciudad de consuelo”. Como centro de agricultura, Capernaum se asemeja a nosotros cuando deseamos ser intensamente cultivados por Jesús ya que nuestros corazones son como el campo fértil en el que es sembrada la Palabra de Dios. “En efecto, nosotros somos colaboradores al servicio de Dios; y ustedes son el campo de cultivo de Dios, son el edificio de Dios.” (1 Corintios 3:9 NVI).

Por otra parte, Neftalí es sinónimo de lucha, de oración. Cuando nació, su madre, Raquel le puso ese nombre. “Y dijo Raquel: Con luchas de Dios he contendido con mi hermana, y he vencido. Y llamó su nombre Neftalí.” (Génesis 30:8)

Capernaum, la ciudad de consuelo, fue el lugar en donde Jesús hizo más milagros y esto sucedió porque en Nazaret, su propia gente no le recibió, no creyó en Él. “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo[a] entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían: ¿No es éste el hijo de José?” (Mateo 4:16 – 22)

Pero además de no recibirle, le rechazaron, sus propios conocidos se llenaron de ira contra Él y trataron de matarlo. “Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra. Y añadió: De cierto os digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra. Y en verdad os digo que muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en toda la tierra; pero a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio. Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira; y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.” (Mateo 4:23 – 30).

Como sucedió con Nazaret y Capernaum, Jesús vino a los suyos y los suyos no le recibieron; sin embargo, los que le recibimos somos como Capernaum, una ciudad que no era considerada importante pero en la cual el Señor hizo muchos milagros, cumpliendo la Palabra de Dios hablada por Moisés y por Isaías. Capernaum fue saciada y llena cuando Jesús habitó en ella, en la ciudad de la consolación, en la ciudad del Espíritu Santo.

Hoy Dios busca personas como tú y como yo en las que por la fe habite Jesús en sus corazones y sean saciadas y llenas con la bendición de Dios, con los milagros de Dios. Personas que sean Ciudad del Espíritu Santo.

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